Ella no podía verse al espejo, después de esto empezó a llorar

Mírate…
Pero mírate bien.
No con los ojos de él,
ni de ella;
con los tuyos.
Tampoco con los de aquella puta de trasero y tetas duras ni cintura avispada; ni con los del cabrón que te rompió, no.
Observate unos instantes y dime si eres capaz de de decir “soy hermosa”.
Mira tus estrías y acariciarlas muy lentamente como si apenas las surcaras tras el paso de los dedos; como si las estuvieras recién trazando a tu gusto en ese lienzo flácido; como si tú misma te estuvieras rehaciendo.

No sabes lo bella que te ves ahí acariciando tu cuerpo y formándote. Podrás ver qué tal vez el hinchazón de tus pómulos se protubere y se entrecierren tus ojos; sí, estás sonriendo… estás sonriendo porque te aceptas; estás sonriendo porque te sientes.
Tal vez después de ello unas lágrimas broten de tus ojos y tarden más en caer porque deben de recorrer más cuerpo, más alma; adelante, hazlo. Llora pero no te sobajes, no te flageles, que… “el volumen del alma vale más que el del cuerpo”


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